
El 19 de diciembre de 2001 la frase brotó de las entrañas de un pueblo hastiado. ¡Que se vayan todos, que no quede ni uno solo! sentenciaba la heterogénea multitud. Se producía entonces el divorcio de la clase política argentina con su pueblo. Los dirigentes de casi todos los partidos eran insultados y "escrachados" donde se encontraran. Nadie creía en sus palabras. La bronca estallaba en Plaza de Mayo.
A casi ocho años de aquellos acontecimientos vuelve a escucharse a la quejosa clase media despotricar contra "los políticos". Como si se hablara de otra especie, como si hubieran llegado en naves espaciales, nadie se hace cargo de su responsabilidad en el hecho. Nadie recuerda que están por el voto popular. ¿Es que acaso podemos tener mejores dirigentes?
En la elección de un candidato interviene la identificación. Es decir, elijo a quien dice lo que yo diría, a quien hace lo que yo haría, a quien se me parece en definitiva. Por lo tanto, la clase política no es distinta a la sociedad que la elije. Esto quiere decir, crudamente, que la corrupción atribuida a "los políticos" también anida en nosotros.
En la nota "Dime como manejas..." de este mismo blog decíamos que el triunfo del capitalismo no era solo político y económico, si no fundamentalmente cultural. Y que en pequeñas acciones puede reflejarse la totalidad de una personalidad. Y está claro que un sistema basado en la apropiación individual de la producción social: la ganancia, no puede crear valores solidarios. Al contrario, exacerba los sentimientos individualistas hasta romper los límites de la convivencia. Y por complejos mecanismos de proyección e introyección se adjudica a un otro los sentimientos emanados del sistema. Entonces se instala la hipocresía. La señora de Barrio Norte que se queja de la "inseguridad" (término mediático que extrañamente sustituyó a delincuencia) porque le robaron un celular y la misma le "roba" el derecho a la salud y a la jubilación, no aportando las cargas sociales, a su mucama. O el quiosquero que se queja de lo mismo y cobra siete lo que en otros lados cuesta cinco, el distinguido señor que aborrece a los piqueteros encapuchados y circula en un auto con vidrios polarizados. O el empresario que se lamenta por el estado de los hospitales y dibuja los números para pagar menos impuestos. Y podríamos seguir hasta mañana.
El sistema capitalista a torneado nuestra psiquis a su medida. Lo peor de nosotros aflora a la hora de los intereses. El tener ha desplazado al ser. Y de aquí, de esta melange de egoísmos y corrupciones salen nuestros dirigentes. No podemos tener mejores. Son el reflejo de lo que somos. Debemos mejorar nosotros para aspirar a ser bien dirigidos. La revolución no comienza con barricadas y bombas, comienza mirándose al espejo.
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